En aquella calleja, oscura y solitaria, vi cómo se abría la puerta de un corral. Me quedé parada, mirando; me pudo la curiosidad. Salió una mujer y yo me retiré, salí del foco de una farola de luces amarillentas. Sentí que aquella mujer se acercaba hacia la esquina que me escondía, decidí presentarme y caminé dos pasos hacia el centro de la calleja y la vi.
Era una mujer vieja, apoyando el caminar sobre una garrota. De figura quijotesca, su vestimenta era oscura, salpicada de lo que yo creí, de forma equivocada, un medio luto. Sobre sus hombros una toquilla también de tonos negruzcos. Y sus piernas, tan delgadas como su cuerpo, lucían desnudas.
Saludé de lejos, anticipando mi presencia; ella levantó su mirada y tan solo dijo:
—Buenos días, joven.
Ya de cerca su cara, surcada por la experiencia, me transmitió serenidad. Apoyando sus dos manos sobre la cachaba, dejando descansar su espalda, que se empeñaba en seguir tumbada, me miró a los ojos y, sonriendo, sentenció:
—Aquí no hay nada que ver, ya ni puente sobre el río queda. Eso sí, siempre fuimos hospitalarios; deje que vaya a ver al marrano y, al volver, le preparo un café con pan "migaó".
—Le acompaño. —Afirmé yo con cierto entusiasmo. Miró mis pies y me preguntó burlona:
—¿Con ese calzado blanco?
Mientras sonreía, quité importancia a mancharme de barro y creerme; aquella caminata con Agustias me descubrió la vida de una mujer valiente.
Ya en su casa, una foto reafirmó lo que había pensado de vuelta de las cochiqueras.
—¿Esta es usted, Angustias?
Ella sonrió y asintió con su cabeza.
Entonces cogí la fotografía donde Angustias, joven, vestía pantalones color crema, mientras una de sus manos sujetaba un portalibros y con la otra sujetaba un cigarrillo. Sus ojos eran igual de vivos y su pelo a lo garçon, tan negro como el carbón. Me fijé en la fecha 1931; junto a ella leí París.
Me miró Angustias y me respondió a la pregunta que tan solo lanzaba la perplejidad de mi rostro:
—Sí, ahí tenía yo 18 años, ahora ya me acompañan 100.
El café con leche y pan "migaó" lo tomamos en un estudio, con centenares de títulos. Me fijé en un pasquín enmarcado. Mientras lo traducía, al leerlo, Angustias sentenció:
—En Mayo del 68 las profesoras también hicimos la revolución.
Hoy, dos años después, me acuerdo de Angustias, mientras pienso en esa juventud que anda anhelando dictaduras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario