“Aquí hay un cadáver”.
Aquella
pintada en la fachada de una casa en ruinas, para mí tenía dos
lecturas, una más sencilla que la otra.
Si era
verdad que allí había un difunto, deduje que este llevaría en el
lugar mucho tiempo, demasiado, porque yo no pude apreciar ningún
olor a muerto. Aunque, pensándolo bien, yo no tengo ni idea de cómo
huele un cadáver, pero supongo que, pasados unos días de la muerte,
el olor que desprenderá será fuerte, nauseabundo y penetrante.
También
supongo que con el tiempo, la persistencia del olor se esfumará.
Para entonces, aquel lugar ya no anunciaría, al menos,
olfativamente, que allí hubiese muerto alguno.
Sería,
pues, esa la causa de quien, sabiendo que allí había un muerto,
escribiera la frase. Deseaba certificarlo.
Lo segundo
que pensé fue que aquella frase fuese una especie de elemento
disuasorio en sí misma. Alguien lo lee y decide pasar de largo y
hacerlo de forma acelerada, sin reparar en nada más. ¿Entonces?
Entonces se me ocurrió que sería el lugar perfecto para esconder
algo valioso, algo que se quisiera esconder con garantías. ¿Quién
sería la persona que, leyendo aquello de "Aquí hay un
cadáver", se pusiera manos a la obra para desescombrar aquel
abandonado solar? Ya os digo yo que nadie.
En esas
estaba cuando reparé en la apostilla que se hacía bajo el primer
enunciado: "ya no está".
Me fijé
entonces en el color de pintura con que estaban escritas aquellas dos
frases; era el mismo. Y sin ser una experta grafóloga, ni tan
siquiera una simple aficionada al estudio de las particularidades de
la escritura, en aquel instante me decidí por pensar que ambas
frases fueron escritas por la misma persona. Una deducción que hizo
que me surgieran algunas dudas:
¿La
primera afirmación fue cierta en algún momento? De ser cierta, ¿a
qué tipo de cadáver se refería quien escribió la frase? ¿Qué
tiempo pasó entre la primera y la segunda frase? ¿Y...?
Vamos, que
durante largo tiempo me quedé pensando y fue entonces cuando
fotografié el escenario que tenía frente a mí; estaba segura de
que alguna vez escribiría sobre la instantánea. Y aquí estoy,
escribiendo sobre una imagen vista en el zamorano pueblo de Otero de
Sariegos. Un pueblo vacío, abandonado, que se encuentra en la
extensa Tierra de Campos, entre Villafáfila y Villarín de Campos,
en plena Reserva de las Lagunas de Villafáfila.
Había ido
hasta la pequeña población en busca de la Iglesia de San Martín de
Tours; creía que la situación donde se encontraba el templo me iba
a permitir una buena vista de la laguna de Salina Grande. ¿Y queréis
creer que se me olvidó la observación de aves? Bordeé la iglesia,
me adentré en un cementerio donde ya no hay tumbas; bueno, no,
miento, parece que alguien aún permanece en el lugar. Pude saber
después que allí descansaban los restos de una mujer que, muerta en
2020, quiso ser enterrada en el lugar donde había nacido 94 años
antes.
¡Madre
mía! Había nacido en 1926. En aquel año en España se comenzaron a
emitir los primeros “diarios hablados”; se llamaban La Palabra. Y
fue en el año en que nació la anciana de Otero cuando se instaló
en España el primer semáforo que hubo en nuestro país; estaba en
la calle Alcalá. Fue también el año en que desapareció, por 11
días, la escritora británica Agatha Christie; el mismo en que nacía
Isabel II, la británica, que murió en 202, permitiendo así que su
hijo al fin reinase…
El resto
del pueblo son casas con tejados desplomados, vigas apoyadas sobre
escombros, alguna antigua alacena completamente destrozada por el
peso de paredes caídas.
Y todo el
pueblo, me pareció una oda a la soledad y la ruina. Curioso si tiene
en cuenta que los antiguos palomares que rodean sus tierras han sido
rehabilitados; desde ellos, quienes visitan el lugar con la única
intención de ver la fauna, pueden disfrutar de la vida animal en las
lagunas de Villafafila.
Yo me quedé
atrapa con
el abandono, en cierta manera, gracias a la famosa frase del muerto,
eso activó mi curiosidad, tanto que he llegado a saber que ya bien
entrado el siglo XVI, este pueblo ya fue abandonado por sus vecinos.
Años después, en 1682, se sabe que volvió a ser repoblado, tal
como se puede leer en el Memorial del Consejo de Hacienda: “En
1665 se despobló del todo y sus vecinos se fueron a vivir a otros
lugares y su iglesia quedó demolida y en 1681 habían ido a habitar
la villa seis vecinos a instancias del Condestable de Castilla”.
En Otero vuelven a instalarse vecinos; hasta se instaló un cura.
Eran tiempos de pagos de diezmos y alcabalas; bueno, esto lo digo
para esos que piensan que los impuestos son cosas del presente.
La ruina
actual se comenzó a escribir el 21 de noviembre de 2003; aquel día
se marchaba el último vecino del pueblo; lo hacía por razones de
salud. Su marcha dejó al pueblo completamente solo ante aquellos que
no conocen el significado de la palabra respeto. Fueron varios los
irrespetuosos que llegaron a Otero para realizar actos vandálicos,
rompiendo puertas y ventanas en busca de ¿¿?? También algunos
encontraron en este emplazamiento el lugar perfecto para encuentros
con litronas y mucho “¿a qué no te atreves?”. Y claro que se
atreven a destrozar.
Y ahora,
mientras escribo, pienso en el destino de los cientos de pueblos que
ven cómo su población envejecida se ve obligada a abandonar sus
casas. No llegan los servicios y la población que habita la España
rural también merece un mejor presente, aunque eso suponga la ruina
de muchos Oteros.
Y me quedo
sin saber si hubo o no hubo muerto en aquella casa, pero lo que si
hubo fue vida en aquel pueblo, hoy silencioso.