domingo, 1 de junio de 2025

Huida

 

Habían pasado más de 60 años desde que Adela estuvo, por última vez, en aquella plaza, la plaza de su pueblo; los mismos años que hacía que la familia se había trasladado a Madrid.
Por aquella época, cuando en casa decidieron emprender la marcha, su hermana andaba ya ennoviada con uno de los jóvenes del pueblo. Nada estaba en sus manos para lograr que sus padres cambiaran de opinión, que no se fueran o que no la obligaran a marcharse. Bueno, hacer sí hizo, se quedó preñada y ambos jóvenes fueron obligados a casarse. Ellos solo tuvieron que decir el “Sí quiero”; de todo lo demás se encargaron los padres.
Fue el mismo día en que se celebró la boda de “la honra”, así la llamó la familia, cuando el autocar de las cinco de la tarde paró en aquella plaza, como hacía cada miércoles. Allí, permaneció estacionado hasta la mañana siguiente, cuando volvería a partir a la capital.
Al día siguiente, la familia al completo marcharía hacia la capital. Adela y sus padres, también el nuevo matrimonio, iban en busca de un futuro más prometedor que el que podrían encontrar en un pueblo que se estaba quedando vacío. Un viaje sin fecha de regreso, al menos a priori.
Los cinco subieron al autocar con tan solo cuatro maletas, además de una cesta de mimbre donde la madre había colocado una tartera con dos tortillas de patata, pimientos verdes fritos, también algunos chorizos de la matanza y una buena y recién horneada hogaza de pan; esa sería la comida para un día largo; por delante, más de 150 kilómetros hasta llegar a una ciudad en la que solo tenían un conocido, el tío Eusebio.
Eusebio ayudó a la familia a levantar su chabola, en una de las barriadas periféricas de la capital. En tres días, se pusieron manos a la obra junto con otros vecinos y consiguieron terminar y techar la modesta casa antes de las primeras luces del día. Por aquellos años, si así se hacía, las autoridades no derribaban lo construido antes de las primeras luces.
Y hoy, cuando Adela ha regresado a la plaza de su pueblo, se le han amontonado los recuerdos. Había llegado conduciendo su coche y decidió estacionar bajo la sombra del viejo nogal, junto a la iglesia, al lado de la fuente, ahora completamente seca.
Al pisar la calle, sintió una bofetada de calor y cansancio, sobre todo esto último, mucho cansancio.
Adela hizo un barrido con su mirada que fue inmediatamente imantada por la vieja iglesia. Le pareció estar escuchando a su padre cuando decía, como una cantinela: “Este pueblo es tan pobre que ni piedra tenía para construir su iglesia”.
Ahora, frente a la iglesia, recordó cuando estuvo delante de la Catedral de Santa Cecilia, en la población francesa de Albi; cuando visitó aquella ciudad, pensó lo equivocado que estaba su padre. Aquella catedral, la más grande del mundo construida en ladrillo, era una auténtica joya. Es entonces cuando fue consciente de que el ladrillo no era pobreza, era estilo.
El sonido del cierre automático del coche llamó la atención de dos mujeres, ya mayores, que caminaban por la acera de enfrente. Adela se fijó en ellas y las saludó con un gesto de su mano, pero pensó que quizás no la vieron, o tal vez no quisieron saludar a una mujer que no habían visto nunca en el pueblo, una mujer que vestía de forma tan desenfadada y que, seguramente, tenía un aspecto horrible tras conducir las últimas cuatro horas sin hacer una sola parada. La culpa, una conferencia sobre Mujeres en África que había decidido escuchar sin interrupciones.
Avanzó en dirección a la casa familiar. En el pueblo, las casas eran, la mayoría, de ladrillo y algunas tenían encalada parte de la fachada. Enseguida dedujo que, de tener patios o corrales, estarían en el interior. Ella poco o nada recordaba, al menos, hasta el momento.
Mientras caminaba por calles sin un solo árbol, se preguntó: "¿Dónde se refugian del sofocante calor los vecinos?".
Llegó frente a la casa familiar; su fachada, completamente desconchada, dejaba ver la irremediable huella de muchos inviernos; sin duda necesitaba ser enjalbegada. Adela recordaba la fachada blanca, muy blanca y con los ladrillos enmarcando la puerta y la ventana; así quería volver a verla.
Del bolso sacó una llave alargada y hueca. En un primer intento, parecía que aquella llave, que ella recordaba como el remedio mágico para los orzuelos, no giraba en la cerradura; tras varios intentos, consiguió abrir la vieja puerta de cuarterones de madera enmarcados entre peinazos agrietados.
El zaguán seguía como cuando ella era niña, amplio, oscuro cuando no estaba abierta la puerta del corral, la “entradilla”, como se decía en su casa.
Abrió, pues, la entradilla y, medio a oscuras, entró en la cocina, recurrió a la linterna del teléfono móvil y fue directa a abrir la contraventana y la misma ventana de par en par.
Se fijó en la mesa; allí también seguían los varales, junto a la chimenea. ¡Cuántas matanzas soportaron! Reparó en el escaño, apartado junto a una de las paredes; lo construyó el abuelo Eusebio.
De una dependencia se pasaba a otra. No había puertas, tan solo unas cortinas que cumplían la función de separación, facilitando un poco de intimidad. Primero, una sala, oscura y triste; a ella se accedía desde la cocina. De esta se pasaba a la alcoba más pequeña, la de sus padres; solo cogía una cama, pegada, por uno de sus lados, a la pared, quedando un sitio para un tajuelo que servía de mesilla de noche. De esta alcoba se llegaba a la habitación más grande y la única con ventana, la alcoba de la abuela. A pesar de que el abuelo había muerto, la madre de Adela no quiso que la abuela dejase la cama en la que había dormido junto a su marido casi 50 años. En aquella habitación, había también sitio para un palanganero y un catre; en él dormía su hermana Juana. Adela, al ser la pequeña, compartía la cama de la tata, como llamaban a la abuela.
Enseguida recordó que la muerte de la abuela fue como el desencadenante para iniciar la huida a Madrid; así denominaba su padre al día de la marcha, “huida”. Él siempre dijo que habían salido del pueblo casi sin avisar, como si tuvieran que esconder algo. Apenas tuvieron tiempo de hacer trato con la mula y unas cuantas ovejas, y de dejar arrendada una tierra, aquella donde sembraban las patatas y algo de huerta.
Adela se dijo que ya había visto bastante; era hora de ir en busca de gente con la que pudiera contar para arreglar, limpiar y adecentar aquella casa. Se acercó hasta uno de los bares del pueblo. De los tres que encontró, era el único que estaba abierto.
¡Buenas tardes! Me llamo Adela. Nací aquí, en este pueblo. Mi familia se fue siendo yo muy pequeña y desde entonces no había vuelto. Quiero reformar la casa de mi abuela, donde nació ella y también mi madre Juana; ustedes la conocerían como Juana la del molino. Busco a personas que puedan trabajar en los arreglos que se necesiten y también en la limpieza.
Mientras hablaba, se quitó las gafas de sol; su rostro quedó completamente desnudo ante aquellos hombres que, al verla, se habían quedado paralizados. Sus miradas se clavaban, sin ningún disimulo, en aquella mujer alta, morena, guapa y vestida con una camisa roja, de seda, que dibujaba la silueta de unos pechos que parecían libres; los pantalones negros y vaporosos dejaban adivinar unas piernas largas, muy largas. Parecía una estrella de cine.
El silencio que se había producido con su entrada se rompió con murmullos.
¡Qué guapa! ¡Una mujerona! ¡Tiene la planta de su madre! Se nota que es del pueblo...
El tabernero le preguntó si quería tomar algo y Adela, gentilmente pero sin acercarse a la barra, tan solo respondió que era tarde y aún tenía que llegar hasta el hotel, que estaba como a media hora en coche.
Pasados unos días, Adela volvió al pueblo. De camino a su casa, comprobó que recibía el saludo de las personas con quienes se cruzaba por las calles. Mientras esperaba a los albañiles, abrió la entradilla y las ventanas.
Fue en la habitación de la abuela donde vio el arca, aquella que de niña nunca le dejaron abrir, y ¡claro!, lo abrió. Sacó algunas sábanas, y en la parte más baja, como escondido, encontró lo que parecía un viejo periódico, y sí, eran unas hojas del Diario de Ávila del 9 de junio de 1956. Resultaba que en esos días había llegado a la ciudad amurallada el mismísimo Cary Grant. Se estaba grabando la película Orgullo y pasión y algunos vecinos y vecinas, no solo de la capital, también de pueblos vecinos, actuaron como extras. Adela leía incrédula la noticia que desconocía cuando, de entre aquellas hojas, cayó algo. Eran trozos de lo que parecía una carta; los juntó y pudo leer frases como:
“...Solo tienes que decirme que sí y te iré a buscar. Desde el otro día no he podido dejar de pensar en nosotros, en tu mirada. Conocernos es lo mejor que me ha dado la ciudad de Ávila. Ahora sé que me hice camarógrafo para poder grabar tu belleza…”
Adela volvió a mirar las fechas, entonces, y sin saber muy bien el porqué, pensó en Miguel, su hermano pequeño, que había nacido en Madrid, en marzo de 1957. Acababa de entender el significado de huida.
Se fue entonces a dar un paseo y llegó al río del que su padre siempre decía que De este río escribió Cervantes, dijo don Miguel: “Zapardiel, famoso por su pesca”.
Allí sentada junto a un río, ahora seco, deseó volver a abrazar a su madre.
 
Mención especial en el concurso literario de Bercial de Zapardiel 2023







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