sábado, 21 de junio de 2025

Y tuvo un imperio


Hubo una vez alguien cuyo segundo hogar era la biblioteca y el museo de la antigua Alejandría.

Alguien que se sabía de memoria y podía recitar alguno de los veinticuatro cantos de La Odisea de Homero, esa fantástica obra que nos narra la vuelta a casa de Ulises, su deseo de regresar a Ítaca.

Una persona que podía comunicarse en varios idiomas: griego, hebreo, etíope, sirio, arameo, persa, latín, egipcio, entre otros.

Alguien que podía hablar de música y también de historia y que manejaba perfectamente la ciencia política.

Era una persona experta en matemáticas, que sabía leer el firmamento con sus vastos conocimientos de astronomía. Conocedora de los avances médicos de su época, de la ciencia de la alquimia. Una persona con una base cultural y humanista excepcional en su época.

Pensemos que fue la primera persona de su dinastía que conocía el idioma del pueblo que reinaba. Sus antecesores, miembros de una dinastía macedonia, necesitaron intérpretes para gobernar y mandar a sus ejércitos.

Fue alguien que subió al trono con tan solo 17 años y llegó a controlar toda la costa oriental del Mediterráneo. Su reinado dura casi lo que duran unas bodas de plata; fueron veintidós años en los que llegó a perder el trono para volverlo a recuperar. Hizo un imperio que perdió, pero mientras fue la persona más alabada por su pueblo, también la más odiada o amada, y con el paso de los siglos ha pasado a convertirse en una imagen del lujo. Alguien a quien se le atribuye que fue su belleza la que la mantuvo en el trono, desdeñando toda su sabiduría.

Supo rodearse de sabios como Sosígenes, quien era un astrónomo destacado y que junto a Julio César contribuyeron al nacimiento del calendario juliano, nombre que homenajeaba al emperador romano. Fue el momento de dejar las cosas claras, que el año tenía 365 días.

Y es que estamos hablando de la última faraona de Egipto, estamos hablando de la reina venerada y que podemos ver su figura en los muros del imponente templo de Hathor en Dendera, junto al hijo que tuvo con Julio César, el emperador con el que estuvo casada. Un hijo que quiso afianzar como faraón y que fue capturado y asesinado a la muerte de su madre.

Una reina de Egipto que, además de estar casada con el emperador romano, tuvo durante diez años a un amante con renombre, como fue Marco Antonio, y con el que concibió tres hijos más.

Estamos hablando de Cleopatra, alguien a quien se ha intentado asociar al lujo y a la superficialidad y que, sin embargo, fue una de las personas más cultas que gobernó Egipto.

Su tumba, como lo es la de Alejandro Magno, es todo un misterio, o podría ser que los restos de quien parecía una auténtica divinidad cuando se vestía como la diosa Isis descansaran, como últimamente se dice, en la tumba de Éfeso. Sea como fuese, yo imagino a Cleopatra navegando por las aguas del Nilo junto al que fue su marido, mirando un cielo estrellado y hablando de sueños e imaginando victorias.




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