domingo, 8 de junio de 2025

El espía que no sabía griego

 

Francisco de Quevedo, escritor del Siglo de Oro, maestro además de con la pluma, con la espada, también diplomático y hasta dicen que espía en favor del duque de Osuna allá en Venecia. Allí tramó la Conjuración de 1618 y su huida de la ciudad de los canales fue disfrazado de mendigo.

Ser espía fue algo que escribió de él su biógrafo Pablo Antonio de Tarsia. También los venecianos le acusaron de tal tarea y fue así como en Venecia se quemaron muñecos representativos de Osuna y Quevedo.

Eso sí, Quevedo lo negó, pero no sabría yo si esa negación no tendría doble lectura. El secretario del duque de Osuna, trabajo que realizaba Quevedo, era muy hábil a la hora de decir sin decir. Solo es necesario leer la anécdota con la reina Mariana de Austria, a la que se llamó la reina desdichada. Claro que teniendo 13 años y siendo casada con un hombre de 40 años y además tío carnal, ya pone las cosas un tanto cuesta arriba, pero coja era. Cojera sobrevenida después de todo un día de parto con tan solo dieciséis años.

Sea como fuere, estando en una reunión de escritores, uno de ellos le retó a llamar coja a la mismísima reina de España. Quevedo no solo aceptó en plan chulesco, sino que dijo: "La llamaré coja y además ella me dará las gracias".

¿Creéis que gano la apuesta?

Teniendo la posibilidad de acercarse a la reina, se fue a los jardines y allí cortó una rosa y un clavel; una vez en presencia de Mariana, le dijo.

Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad es-coja”.



La reina agradeció el ofrecimiento y así fue como Quevedo ganó su apuesta, con el uso de un calambur, figura retórica, que le permitió llamar coja a la reina sin ningún rubor.

Quevedo también tuvo sus rifirrafes con sus colegas, como Góngora; de este escribió la poesía que seguro conocéis.



Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un pez espada muy barbado. (…)



Y Góngora, ¡claro! Le contestó recriminando que quisiera hacer traducciones de griego sin saber del idioma en cuestión.



(…) Con cuidado especial vuestros antojos.

Dicen que quieren traducir al griego.

No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,

Porque a luz saqué ciertos versos flojos,

Y entenderéis cualquier gregüesco luego.



Quevedo fue utilizado por el duque de Osuna para terminar con el duque de Lerma; de esa forma se convertirá el de Osuna en virrey de Nápoles y el propio escritor recibiría el distintivo de la Orden de Santiago, algo a lo que Góngora dedicó varios versos satíricos.

Pero un proceso contra el duque de Osuna hace que este caiga en desgracia y ascienda un enemigo acérrimo de Quevedo, el conde-duque de Olivares.

Quevedo es desterrado de Madrid y comienza a hacer elogios públicos del rey y de su valido, y claro, tanto alabo que Felipe IV lo perdona y lo incluye en su séquito. De ese agradecimiento nacen los títulos Cartas del caballero de la tenaza y La política de Dios.

Pero parece que al escritor se le pasó de vueltas y fue así que escribió en contra de nombrar a Teresa de Ávila patrona de España y otra vez el rey le destierra, para perdonarle poco tiempo después.

Por cierto, se dice de él que era misógino, que se reía de los hombres cornudos, que fustigaba a mujeres adúlteras y quizás fue por eso que todos sus enemigos se burlaron de él cuando se casó, ya pasados los cincuenta años. ¿Y quién sabe qué pasó? Lo cierto es que a los pocos días el matrimonio ya vivía separado. Lástima que Góngora no nos contase con sátira lo acontecido.

Y tampoco se sabe muy bien cómo acabó con sus huesos en la cárcel, en San Marcos de León.

Si visitáis el actual Parador Nacional de San Marcos, podréis leer una placa recordando la celda de la que Quevedo escribe:

Tiene de latitud veinticinco pies y diecinueve de ancho; sus paredes están desmoronadas. En la torre se entra después de ascender veintisiete escalones”.

A la celda en cuestión se llegaba por pasadizos y esta se cerraba con grandes cerrojos; no es visitable, pero escribía Quevedo de ella: “Tiene, sin ponderación, más traza de sepulcro que de cárcel”, “tan húmeda como un manantial, tan oscura que siempre es de noche y tan fría que nunca deja de parecer enero”.

Quevedo, ese poeta que hacía poesía hasta de los pedos.

Alguien me preguntó un día.

¿Qué es un pedo?

y yo le contesté muy quedo:

El pedo es un pedo,

con cuerpo de aire y corazón de viento

el pedo es como un alma en pena

que a veces sopla, que a veces truena

es como el agua que se desliza

con mucha fuerza, con mucha prisa.

El pedo es como la nube que va volando

y por donde pasa va fumigando,

el pedo es vida, el pedo es muerte

y tiene algo que nos divierte;

el pedo gime, el pedo llora

el pedo es aire, el pedo es ruido

y a veces sale por un descuido

el pedo es fuerte, es imponente

pues se los tira toda la gente.

En este mundo un pedo es vida

porque hasta el Papa bien se lo tira

hay pedos cultos e ignorantes

los hay adultos, también infantes,

hay pedos gordos, hay pedos flacos,

según el diámetro de los tacos

hay pedos tristes, los hay risueños

según el gusto que tiene el dueño

Si un día algún pedo toca tu puerta

no se la cierres, déjala abierta

deja que sople, deja que gire

a ver si hay alguien que lo respire.



También los pedos son educados

pues se los tiran los licenciados,

el pedo tiene algo monstruoso

pues si lo aguantas te lleva al pozo

este poema se ha terminado

con tanto pedo que me he tirado. (Francisco de Quevedo)











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