Cualquiera de nosotros, al observar un ciprés, ve, efectivamente, que la sombra es larga y su escasa sombra tan solo alcanza a asemejar la manecilla de un reloj solar. Poca sombra nos ofrece ese ciprés pegado a tapias de conventos y cementerios. Y es gracias a que sus raíces se adentran en la tierra de forma firme y recta sin dañar tapias y paredes que, a veces, casi parecen dibujados. Los ves y pareciera que están como si no quisieran ser vistos. Como cuando nos ponemos de perfil. Pero no siempre es así. No siempre su sombra es tan egoísta; a veces, su sombra se ensancha.
Dicen que existe un ciprés que tiene miles de años. Que fue el mismísimo Zaratustra quien lo plantó. Como todo gran árbol tiene nombre y se llama el Gran Ciprés de Abarquh. Está en Irán, en la provincia de Yazd. Es ancho, su diámetro es casi de 12 metros y su altura alcanza los 25 metros. Probablemente sea el ser vivo más antiguo de Asia. Y el tercero más antiguo del mundo. El primer puesto mundial lo ocupa el pino de Cerda de la Gran Cuenca de 5062 años. Le sigue el pino Matusalén con 4845 años; ambos están en California, Estados Unidos.
Cuando estamos ante un ciprés, debemos retrotraernos para imaginar el arca de Noé que se dice fue construida con madera de ciprés. También los vikingos, hábiles navegantes, construían la quilla y mástiles de sus barcos con madera de ciprés. Y hasta se cuenta que en la construcción del Templo de Salomón se empleó madera de ciprés.
Y en el año 1.010 se escribió un poema épico, El Libro de los Reyes. En él se habla de lo que aconteció desde la creación del mundo hasta la llegada de los árabes a Persia, allá por el siglo VII. También narra el libro las pruebas a superar por los príncipes que pretendían reinar. Uno de los que quiso hacerlo tuvo que resolver un acertijo. Así es como el príncipe aspirante Zäl interpreta el acertijo propuesto por unos astrólogos. Y resuelve el príncipe que los doce cipreses son los meses del año. Sus treinta ramas son los días de cada mes.
El ciprés tiene y tuvo importancia en muchas civilizaciones. La romana, por ejemplo, al nacer una niña, se plantaba un ciprés que podría ser usado de dote por lo valiosa que era su madera.
En China y también en Japón, el ciprés simbolizaba longevidad y pureza.
Y podríamos seguir porque el ciprés es un árbol con historia. Porque todo lo que nos rodea tiene historia. La historia es el pasado visto con perspectiva. El ciprés es algo más que ese árbol pegado a los cementerios en el que pocas veces nos fijamos.
El ciprés en nuestra cultura ha sido visto como un árbol de duelo. Como un elemento de unión entre la tierra y el cielo.
Y no se puede pasar por alto que en el año 1947, Delibes escribió su primera novela, La sombra del ciprés es alargada.
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