Al poco de entrar, me doy cuenta; estoy rodeada de bullicio.
En el acogedor bar, se mezclan distintas conversaciones, se eleva el tono; es una banda sonora descompasada y que ensordece.
Se escuchan frases, se entremezclan; estoy rodeada de conversaciones yuxtapuestas.
A mi izquierda:
—Está en San Roque…
—No, no, no quería…
Del otro lado:
—Yo voy todos los días…
Justo a mi espalda:
—¿Qué se debe?
Pregunta que no recibió contestación del camarero.
Tomo el café, recién servido, y decido apartarme a una barra lateral, estrecha, de cara a la pared. Saco mi pequeña libreta. Intento abstraerme de tanto ruido. Al poco me doy cuenta de que estoy escribiendo al dictado.
Las conversaciones se entrecruzan:
—El andamio tiene que estar bien montado...
—¡Hombre! ¿Cómo no se va a montar bien?...
En la otra esquina:
—¡Muy bien dicho!
Es imposible concentrarse. Hasta la música que escupen unos altavoces, por cierto, mal colocados, se convierte en ruido.
—Al final, es eso...
—Siempre es lo mismo, y como tú dices, al final siempre pasa igual.
En la barra, el sonido de la loza, al ser colocada en el lavavajillas, se alza sobre las distintas conversaciones.
Es un sonido que responde a una tarea que se realiza de forma mecánica; es casi un sonido que resulta agradable entre tanto ruido.
En la radio, para la música, comienzan a hablar; la voz del locutor se distorsiona, parece un mensaje cifrado.
Dejo de escribir y miro.
Tres corrillos, unas tres o cuatro personas en cada uno y ¡madre mía! ¡Cuánto ruido!
De pronto, en la radio se escucha una sintonía; en ese momento, más de un cliente mira su teléfono. Nadie se mira la muñeca. Dan la hora. Comienzan las despedidas. Una mujer apura el café y susurra algo, sube acelerada unas escaleras estrechas y empinadas.
Sus acompañantes van saliendo; se queda una mujer, espera con su abrigo puesto y sujetando otro en su antebrazo.
La mujer baja; junto a mí se pone su abrigo. Se despide de alguien del otro lado de la sala:
—¡Hasta mañana! Dile a Concha que hoy ya no la veo.
Tras las dos mujeres sale otro grupo.
El silencio se apodera del local. En la radio comienza la música y en la barra, el camarero comienza a recoger los restos de los desayunos.
De la cocina salen más pinchos; una tortilla se convierte en reclamo.
—A mí me vas a poner un pincho de tortilla, que yo no tengo prisa.
Los que le acompañan se despiden; al acabar de salir, entra otro grupo de tres.
Y luego dos mujeres.
Unos trabajadores con chaleco reflectante.
La barra se llena, como en un adagio; el sonido vuelve y se va elevando. Ya es ruido.
Cierro mi cuaderno de notas. Termino mi café, ya frío; pregunto cuánto debo.
Mal momento para preguntar; el camarero prepara pinchos, coloca tazas, se vuelve hacia la cafetera. Se recorre la barra...
Al fin, me cobra y salgo.
En la calle, silencio. Nadie pasa.
Me entretengo pensando en ese momento vivido. Un café con ruido.
Camino y me atrapa una perspectiva, la fotografío y sigo con mi rutina.